Para referirnos a la historia de Movimiento necesariamente debemos hacer mención de su fundador,
Henry Dunant, quien nació en Ginebra, Suiza, el 8 de mayo de 1828 y murió en Heiden, el 30 de
octubre de 1910.
HENRY DUNANT: UN HOMBRE, UNA IDEA
Tanto su padre como su madre procedían de lo que se consideraban "Buenas familias". Su padre fue
juez y su madre, una señora inclinada a realizar labor social en favor de menesterosos, enfermos,
huérfanos, desvalidos, encarcelados, etc.
Del ejemplo de sus padres, Dunant, adquiere una amplia formación humanitaria y sincera preocupación
por el dolor ajeno. Desde los 18 años dedicó su tiempo libre a visitar a los indigentes, enfermos,
moribundos y los condenados a prisión. En otras palabras había comenzado a preocuparse por los heridos
de la vida, en tiempo de paz, mucho antes de preocuparse por los heridos de guerra.
En su primera oportunidad, salió de Ginebra en busca de fortuna en Argelia y por el año de 1858 fundó
una sociedad anónima de molinos. Todas las condiciones para tener éxito se habían logrado, excepto que las tierras que habrían de
proporcionar el grano para procesarlo, pertenecían al imperio de Napoleón III, Emperador de Francia.
Realizó varios intentos burocráticos para lograr cumplir con su objetivo. Sin embargo, al ver como se
retardaba el proceso para la obtención del permiso, tomó la decisión de hablar personalmente con el
emperador Napoleón III, para que éste, con su máxima autoridad, le otorgara la autorización requerida.
Las cosas se complicaron aún más. Napoleón III había decidido tomar partido y favorecer la causa de la
independencia italiana y, a la cabeza de los ejércitos franceses, combatir contra las fuerzas austríacas,
comandadas por el emperador Francisco. A partir de ese momento la suerte y el futuro de Henry Dunant cambió
al punto que su objetivo inicial no logró cumplirlo.
El 24 de Junio de 1859 en Solferino, en busca del emperador Bonaparte, Dunant recibió el impacto más grande
de su vida. Al anochecer entró en Castiglione y encontró la confusión y el horror provocados por la guerra.
Observó como yacían amontonados nueve mil heridos que habían sido trasladados del campo de batalla.
La lucha duró 16 horas. Solferino, pueblo ubicado al norte de Italia, fue testigo del combate más encarnizado
en el que 40 mil hombres yacían muertos, sin la posibilidad de ser sepultados. Vio heridos moribundos que
gemían y mutilados o baleados, sin los servicios de sanidad militar suficientes como para poder salvarlos.
Dunant, sin tener conocimiento médico alguno, se esforzaba por limpiar las llagas, improvisar medicamentos y
brindar consuelo a esos militares cuyo único reconocimiento recibido fue el olvido.
Dunant consiguió la ayuda de algunos campesinos del lugar, donde estaban disponibles apenas seis médicos
militares franceses para atender a los nueve mil heridos de Castiglione. He aquí lo que conmovió a Dunant: El
abandono del que eran víctimas los combatientes. Esta experiencia generó en Dunant el gesto noble de crear un
organismo que socorriera a los heridos en campaña. Es decir, el nacimiento de la Cruz Roja. En adelante, el
espectáculo de los horrores de la guerra no pudieron borrarse de su mente.
El sufrimiento del que fue testigo Dunant, no sólo le significó cambiar su vida, sino que, a través de él, se
modificaría la concepción de la guerra en el mundo entero.
LA BATALLA DE SOLFERINO Y HENRY DUNANT
Arrastrado por la desgarradora experiencia vivida, Henry Dunant escribió el libro "Un recuerdo de Solferino".
Ese texto se constituyó en la chispa que encendió la llama de la fundación de Cruz Roja.
El objetivo del libro fue demostrar lo odioso de movilizar soldados, exponiéndoles a mil fatigas y peligros,
para dejarlos morir después como perros.
Dunant consagró todas sus fuerzas y todo lo que poseía al servicio de dos ideas:
a. La fundación en todos los países de sociedades voluntarias de socorro, para prestar asistencia a heridos en
tiempos de guerra.
b. La formación de un principio Internacional, convencional y sagrado, base y apoyo para dichas sociedades de
socorro.
Sus relatos sobre Solferino lograron contagiar a gobernantes, jerarcas de Estados y ciudadanos europeos. La
verdad y experiencia del libro son tan crudas y horrorizantes que invitan a la reflexión:
"... De los muertos, algunos soldados presentan un semblante tranquilo: son los que, alcanzados repentinamente, perecieron en el acto; pero muchos de ellos están contorsionados a causa de las torturas de la agonía, con los miembros rígidos, con el cuerpo cubierto de manchas lívidas, con las uñas de las manos clavadas en el suelo, el bigote erizado, con siniestro y convulsionado rictus que deja ver sus dientes apretados.
"...Ah, señor, cuanto sufro! ... me decían algunos de estos desdichados... se nos abandona, se nos deja morir miserablemente, y sin embargo, hemos luchado con arrojo!...
"... Un viejo sargento, condecorado con diversos galones, me decía con profunda tristeza, al parecer muy convencido, y con fría amargura: Si se me hubiera prestado asistencia más pronto, habría podido vivir: pero, esta tarde, estaré muerto!, por la tarde estaba muerto...
"... Pero las mujeres de Castiglione, viendo que no hago distinción alguna de nacionalidad, siguen mi ejemplo, demostrando la misma benevolencia para todos estos hombres de tan diversos orígenes, todos ellos, para ellas, por igual extranjeros... Tutti fratelli (todos somos hermanos)... repetían con emoción...
"El Doctor Sonnier dice: Veo entonces alzarse ante mí esos rostros macilentos, terrosos, con la tez ajada por el agotamiento y por una prolongada reabsorción purulenta, implorando con pantomima y gritos desgarradores, como una última gracia, la ablación de un miembro que habíamos querido conservar...".